lunes, 1 de mayo de 2017

01-05-2017


máximos exponentes de la filosofía.


filosofía medieval.


santo tomas de aquino:

 Frente a la doctrina de la doble verdad de los averroístas latinos, Santo Tomás sostiene que la verdad es única, aunque se puede conocer de dos maneras: por la razón y por la fe. La razón conoce a partir de los datos de los sentidos; en cambio, la fe conoce partiendo de la revelación divina. En consecuencia, ambas son independientes. Las verdades de fe, o verdades reveladas, sobrepasan la capacidad de la razón humana y las estudia la teología; no pueden demostrarse racionalmente y han de ser aceptadas sin discusión, porque emanan directamente de Dios. En cambio, las verdades de razón, es decir, las verdades de la filosofía, sí pueden ser comprendidas por el entendimiento humano y son demostrables racionalmente.
Además, existen algunas verdades que la razón puede demostrar, pero que Dios ha querido revelamos: los preámbulos de la fe. En este terreno confluyen la fe y la razón, y la teología puede utilizar esta última para conocer la verdad revelada (teología natural). La filosofía está, por tanto, al servicio de la teología, y como la verdad es única, la filosofía y la razón se equivocan si llegan a conclusiones incompatibles con la fe.

Filosofía y Teología deben colaborar mutuamente. La Teología debe aprovecharse de los métodos racionales para hacer más claras y comprensibles las verdades de la Fe. La Fe «busca al entendimiento. Y la Filosofía debe dejarse ilustrar por la Teología y por sus verdades de Fe para completar el conocimiento limitado, propio de la razón humana. La razón «busca a la Fe.


San Agustín:

Agustín es un hombre antiguo, no medieval, ni moderno, si bien es siempre actual. Su vocación o misión consistió en recoger, coordinar, asimilar y transmitir dos culturas, la grecorromana y la judeocristiana. Lo realizó tan perfectamente, que se constituyó en genio de Europa. Existe una tendencia a considerar todos los movimientos europeos como «agustinismo» (Przywara). Marcó una nueva ruta al pensamiento. Su influjo en la espiritualidad cristiana ha sido notable. Católicos y protestantes están de acuerdo en proclamarle el más grande de los Padres. Junto a la Gracia de Dios, a la que fue fiel hasta la santidad, su éxito se debe ante todo a su dotación personal: inteligencia poderosa para la síntesis y el análisis, voluntad ardiente e indomable, sensibilidad tierna y viril, vitalidad exuberante, imaginación creadora, iniciativa inagotable, estilo encantador, sentido del humor y del ridículo. Se debe también a la variedad y profundidad de sus experiencias: fue católico, maniqueo, escéptico, neoplatónico, otra vez católico; filósofo y teólogo, siempre en actitud integral. Leyó a los platónicos con ojos cristianos y a los cristianos con ojos platónicos; a todos los asimiló e interpretó a su propio modo. Fue el primer filósofo que renunció al cosmologismo u objetivismo helénico exclusivista, para implantar un subjetivismo cristiano irreducible, proclamando la supremacía del espíritu humano frente a la Naturaleza; pero fue el primer cristiano que presentó la «imagen de Dios» como una cabeza de puente de Dios, en la que todos los hombres coinciden; fue el primer filósofo que adaptó una teología racional a los tres problemas radicales de la existencia: la verdad, el ser y el bien; y casi el primer teólogo que confió en una filosofía crítica, frente a los dogmatismos y fideísmos ilusorios, considerando el entendimiento como revelación natural.

Hombre de una sola pieza, unificó su vida, sus obras y sus intenciones en un sistema vivo y dialéctico, a veces implícito. Teoría y práctica son en él dos formas de una sola postura, si bien es exagerado decir que sus teorías son generalizaciones de sus experiencias. Cada tesis tiene valor desde su fundamento, pero el fundamento florece en cada tesis. Aunque no escribió obras sistemáticas es más sistemático en el fondo que los pensadores medievales, más sincretistas. Es antropocentrista, no teocentrista.

Su obra podría definirse como antropología teológica y, en ese sentido, podría hablarse de humanismo cristiano. La condición humana es punto de partida, incluso para demostrar la existencia de Dios. El sistema entero evoluciona a medida que lo hace el concepto del ser humano. En las dos dimensiones elementales del hombre, la memoria sui y la memoria Dei, que presentan al hombre como equilibrio inestable entre lo individual y lo social, descansa toda la ideología agustiniana. Por la primera, el hombre es despegado de la Naturaleza y constituido en espíritu libre; por la segunda, es portador de la «imagen» divina, centella oculta en toda alma humana. El hombre fue para Agustín «tierra de sudor y de fatiga», causa de indecibles asombros.

La posteridad ha venerado siempre a este genio. La teología de Occidente lo reconoce como su «fundador», en contraste con la teología «oriental». Algunos científicos le consideran «Padre de la evolución», por haber ideado un «Universo» estado-dinámico, en creación perpetua y progresiva. Los historiadores le presentan como reanimador de una humanidad agotada. Los psicólogos ven en él al maestro de la introspección y de la fenomenología sistemática. Los sociólogos le saludan como descubridor del «Eón-Sociedad» y como organizador de una grandiosa Teología de la Historia. Los moralistas le consideran como legislador supremo de Occidente. Los escritores admiran al genio de estilo cálido, preciosista y rotundo, y de frase buida, pendular y contrastada. Los místicos ven en él al revelador de la centellicamística. Se le puede considerar inspirador de todas las tendencias polémicas. Su autoridad es tan fuerte, que llega a constituir un peligro. Su máxima influencia se ha ejercido en el campo de la Antropología teológica, después, en los terrenos del dogma, Iglesia y Biblia. En la actualidad, lejos de disminuir ese prestigio, se va constituyendo una agustinología como ciencia. Portalié anota estos tres rasgos fundamentales: es un pensador evolutivo, teológico y católico, en oposición. Tomas de Aquino, Hegel y Lutero.


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